Abrir los sentidos, atender al alma, traspasar emociones

Un pato flotaba en el lago Atitlán, un lago de orillas privadas, volcanes inspiradores y culturas en conversación. El pato -pequeño, negro, juguetón-, se mecía con las olas pequeñas que el viento le llevaba. Algunas no eran tan pequeñas, y el pato aparentaba seguir en calma, en sintonía con el oleaje de pequeñas dimensiones.

Además de una capacidad innata a su especie, sentí que esa actitud era la actitud. Y me he propuesto aplicarla.

Me encuentro en un momento donde las olas -pequeñas olas del lago- me suben y bajan y me ponen del revés. A veces las trae el viento, a otras las voy a buscar, otras sobrevienen por una cadena de fenómenos más o menos naturales. Sea por el motivo que acontezca, el caso es que aquí están, siempre están.

Al contrario que el pato, no me dejo mecer por ellas. Las niego, hago como si no estuvieran o como si no las viera venir. Las minimizo, asumo que no es para tanto y me reprimo sentir. Me olvido que estoy en el agua.

No son olas grandes, pero igual me estoy ahogando, y por momentos me dan ganas de hundirme. Otras, creo que tengo que demostrar a estas crestas de vida que puedo con ellas y que estoy lista para el ring.

Cuando apenas me queda energía, siento que sólo puedo dejarme subir y dejarme bajar, sentir cada ascenso y cada descenso, abrir los sentidos, atender al alma, traspasar emociones y asumir que esa, esta, es la vida.

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Desde que hablé con Christian sufro menos por el resultado de hoy

Domingo 25 octubre 2015– Christian, 28 años, es taxista, vive con una diabetes severa que no atiende y tiene claro a quién votar hoy, 25 de octubre de 2015, en la segunda vuelta de las elecciones generales en Guatemala.

– A Jimmy, por supuesto.

Su afirmación, que acompaña con una gran sonrisa de victoria, viene reforzada con una señal que apunta a una pegatina del partido FCN Nación, colocada en el extremo superior del parabrisas de su carro blanco.

– ¿Y por qué le apuesta a Jimmy?, quiero saber.

-Porque es humilde y honesto, responde sin pensarlo.

-Pero recuerde que es actor, añado a la conversación

-Pues si nos falla, si luego resulta que no es honesto con nosotros, le echamos.

Christian, un joven emprendedor de clase humilde, que no puede controlar su pasión por las bebidas azucaradas que le están matando, que cada día tiene que trabajar todas las horas que sean necesarias hasta que las cuentas le cuadren, que sigue a Jimmy antes de que el propio candidato soñara estar donde está… Ese Christian se siente con el poder incuestionable de poner fin al mandato de un presidente que él mismo va a colocar en el gobierno.

A partir de esa conversación, que se dio unas semanas después de la primera vuelta electoral, el 6 de septiembre, sufro menos con el resultado de hoy. Sin duda, en torno a Jimmy surgen más preguntas que respuestas, más miedos que expectativas, más drama que humor. Aún así, según las últimas encuestas de Prensa Libre y ContraPoder, esas incógnitas parecen no desanimar al electorado, que no confía en Sandra Torres y que se inclina de manera clara por Jimmy Morales, comediante, productor, hombre corriente, como la gran mayoría que le votará y que se ha creído su papel “humilde” y “honesto”.

Desde que escuché a Christian sufro menos, porque desde entonces no he parado de oír ese mismo argumento: “Si no cumple le echamos”. Guatemaltecos y guatemaltecas han conocido el poder de ejercer ciudadanía. Si bien aún están en un punto incipiente en cuanto a articulación y propuestas, saborearon desde el principio la miel más compleja de alcanzar: presionar hasta deponer a un presidente y a una vicepresidenta. Hay que decir que se dieron numerosos aspectos -muchos de ellos desconocidos para la mayoría de mortales- que confluyeron hacia ese final celebrado de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti imputados y encarcelados. Pero nadie cuestiona el rol de la sociedad despierta de Guatemala, una sociedad que tiene todo el gran reto generacional de dinamitar un sistema corrupto y anclado en la desigualdad.

Jimmy Morales también debe saberlo. Debe saber que si va a jugar un papel antagónico al que está representando, se la juega. Quienes probablemente le suban hoy al poder, lo bajarán. Sin sentimentalismos. Sin apegos férreos a un líder que les decepcionó y demostró ser como el resto una vez que probó el poder.

Buf, menos mal que hablé con Christian. Si no, estaría sufriendo por el resultado de hoy.

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Tierra que devora

Ayer viernes una pared de llanto enterró en tierra a cientos de personas.

Cientos de personas.

El jueves estaban vivas bajo la sombra cotidiana de la muerte, en Guate siempre presente.

En casa. En la propia tumba.

Por momentos pienso que eso es Guatemala, una gran tumba.

A veces creemos bailar sobre ella. Otras quizá estamos dentro con la tapa abierta.

Ciudad de Guatemala 03/10/2015- Cuando apenas había salido del otro lado del charco, el del mundo desarrollado en limitantes, siempre me preguntaba cómo podría el ser humano adaptarse a vivir en la pérdida, en el dolor, en la muerte. Esa pregunta la respondió una directora de teatro que llevaba a las Jornadas de Eibar una obra sobre las secuelas de las guerras. “La capacidad de adaptación del ser humano para sobrevivir es ilimitada”, recuerdo que me respondió.

Ilimitada.

Ayer Luis y yo nos despertamos con la noticia del deslizamiento de tierra en Santa Catarina Pinula. No me sobrecogió, primero porque ya tenía el alma cálida en tristezas y, segundo, porque hasta cierto punto se ha convertido en habitual que en estas épocas de lluvia ocurran deslaves. Luis estuvo pendiente, muy pendiente. Yo comenzaba otro nuevo día. Ahora sé que esa primera respuesta de “todo sigue igual” ya es signo de una adaptación indeseable. Tan indeseable como justificada, pero aún no ilimitada.

Según transcurría el día el alcance de la noticia iba aumentando. “Seguro que no es tanto”, me decía, “cómo van a ser tantas víctimas por un deslizamiento de tierra”, quería convencerme. Y así asumí que tenía que dormirme, aunque no pude.

Hasta que esta mañana vi las imágenes aéreas no entendí lo que había ocurrido. Ahí volví a tocar tierra, una tierra sin firmeza que devora, bajo la que siguen viviendo cientos de miles de personas en Guatemala, bajo la que construyen sus casas, sus familias, sus proyectos, sus anhelos, sus tumbas.

Ahora estoy desubicada. No quiero poner los pies en el suelo. Los subo sobre la silla como si bajo ellos corriera un pequeño río, no arrastra pero me incomoda. Con el cuerpo encogido sigo el drama y lloro.

Luis llama, ya viene de regreso, ya es noche y comienza a caer una fina tela de lluvia. De fondo se escuchan unas campanadas arrítmicas, roncas, perdidas, fuera de lugar. No puedo evitar identificarme con ellas.

Noticias #CambrayII:

Medio millón de personas corren el mismo riesgo de El Cambray

El dolor de los que no están bajo la tierra 

Se estima que 590 personas se encuentran desaparecidas

Termina el segundo día sin supervivientes en el Cambray 2

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Su abrazo, lo único real que tienen

Se apaga el día en Sahagún

Juana vive en su recuerdo desordenado. Manoli se pierde en su menudez.

Vivir. Perderse.

Ojos cristalinos, casi transparentes. Fragilidad que aún las yergue.

Les gustaría llorar. Se les olvida llorar. Ya no quieren llorar.

Se abrazan.

Sienten a medias que están vivas, porque sentir al 100% las enloquecería.

Ellas, firmes, fuertes. Ellas, bellas siempre. Ellas, princesas de ninguna época.

——–

El domingo 23 de agosto fui a visitar a la yaya Juana a la residencia de las monjas de Sahagún, León. Lloré al mismo tiempo que reí al verla. La yaya se ha quedado enganchada en sus obsesiones de toda la vida. Mi padre le sabe llevar la corriente y conversa con ella respetando su ruta no trazada.

Igual te pregunta cinco veces quién eres que se acuerda del hermano de su padre. Te invita a comer para mañana y se justifica que hoy no ha podido por las obras de la casa. Dice una cuidadora que ayer quitó un reposa pies a la silla de ruedas y que lo quería echar a la cazuela. Con su pañuelo limpia la mesa con profesionalidad. Quiere tener dinero en el bolsillo y compara la vida al punto en que ganaba 43 pesetas.

Ella, al menos, lanza sus desordenados recuerdos. Manoli, su hermana, se los queda todos dentro.

Pienso si eso es vivir. Pienso en cómo vivir.

Hace apenas un año, en la visita que hice a España, tomé conciencia de la brevedad de la vida. Todo lo provocó una foto, una imagen en blanco y negro que apenas luce en la sala de la casa de la tía Casilda, en Grajal de Campos. Me detuve frente a ella y en la imagen familiar identifiqué a mi abuelo, joven, delgado, sin la boina que para mí siempre lo caracterizó, junto a sus hermanos y con las caras agregadas de sus padres, mis bisabuelos. Me detuve y el tiempo conmigo.

Cuando reaccioné, de repente vi el inicio de mi línea de vida y fui capaz de establecer en el horizonte un punto final. Hasta ese momento, hasta ese septiembre de 2014 frente a ese árbol gris de dos generaciones, sólo miraba con proyección de presente porque no sabía que podía haber otra manera de mirar.

Para mi sorpresa, las consecuencias de aquel despertar se han traducido en un vivir aún más consciente. Llegué a pensar que quizá a eso se le podría llamar “madurez”, pero hablando con la cuadrilla de la Uni ya lo descarté. Aún no nos ha llegado el momento.

En cualquier caso, si alguien perdió con aquella revelación fue el Peter Pan que Natalia quiso ver en mí. Ella cree con seguridad que aquí sigue, aferrándose y dispuesto a no abandonarme.

Para no fallar a Natalia, me he propuesto alimentar a este Peter Pan bienvenido y, de paso, volver a enseñarle a volar para que viaje a Sahagún y mantenga el abrazo huérfano de recuerdos con el que Juana y Manoli se despiden cada día.

Un abrazo que se convierte en lo único real que tienen.

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Paro Nacional 27A

Hoy es jueves 27 de agosto, paro nacional en Guatemala. Y yo en España. Nada es por casualidad. Desde la distancia siento a Guatemala cerca, muy cerca, y a su pueblo como un ejemplo valeroso de poder ciudadano. Claro que sí Guatemala, claro que vamos a caminar hacia un mejor país.

Hasta hace apenas unos meses me preguntaba constantemente cuánto tiempo más podrían los guatemaltecos y las guatemaltecas aguantar el peso de la injusticia, de la violencia, de la desigualdad, del hambre, de la corrupción, de la indiferencia. En abril llegó la respuesta.

El sábado 25 de abril fui al Parque Central de Ciudad de Guatemala para ser testigo de y acompañar al inicio del cambio que el país ya ha decido dar. Aquel día, y los siguientes, no grité, no entoné cánticos, no porté pancartas. No me atrevía a hacerlo porque no me sentía con autoridad para hacerlo. Ahogué el grito, ahogué el llanto. Ambos se me quedaron dentro.

Ahora, desde la distancia, afirmar que siento a Guate cerca significa que quiero gritar junto a ellos, hombres y mujeres de maiz, de tierra, de fuego, y compartir lágrimas de felicidad por caminar juntos el país que sueñan. Que soñamos.

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Un día especial, como otro cualquiera

Un día de junio de 2015 – Desde que Luis abrió la ventana y vi desde la cama el cielo azul, sentí que hoy iba a ser especial. ¿Qué es especial? Hoy. El día. Los instantes. La toma de conciencia de estos instantes que forman el hoy. Lo mejor, que hoy no es distinto a los “hoys” de ayer, pero por alguna extraña y bienvenida mutación en la mirada de mis sentidos, todo lo percibo especial. Me reconforto en el largo y cálido abrazo de Luis, que estira el sueño unos minutos más. Capa sube y se une al rompecabezas que forman nuestros cuerpos. Baile antes de desayunar, música en el desayuno, besos de “que tengas el mejor de todos los días”.

En la moto que Luis guía la mañana se ve aún más hermosa. Y el barrio también. Hay tráfico pero pareciera que todo va más despacio. Lo saboreo. En la esquina de la séptima avenida con la cuarta calle no está Manuel, el vendedor de flores. Hay otros niños, pero no son Manuel. Una niña repasa y gesticula su tarea desde su puesto de venta de chucherías.

En la calle, el movimiento parece coordinado, ensayado. Son las mismas paredes, el mismo asfalto desgastado y agujereado, probablemente las mismas personas cumpliendo sus rutinas. A la velocidad del viento que me lleva la moto observo que todo es armónico.

Hablo con Jansel, me cuenta que el lunes le asaltaron, con arma, cerca de casa, donde vivía Conié. Veo la escena conforme la narra. Se me eriza la piel. Jansel está bien.

En el banco no reconocen mi firma. Yo tampoco. Me piden repetirla. Lo hago aunque sigo sin saber cómo. Me dicen que no parece la misma. “Yo tampoco soy la misma”, me dan ganas de decirle, pero me como las ganas y pongo cara de “ustedes dirán”. La aceptan. Vuelvo sobre el pensamiento, “no soy la misma” y sonrío.

Regreso en taxi porque llevo dinero. Hago la pregunta de siempre “¿Cómo le va el día?”. “A dios gracias bien, que nos ha permitido levantarnos hoy y estar aquí”, me dice. Hace unos meses, quizá un año, esta expresión me hubiera arrancado un discurso no solicitado pero envalentonado. Ya no. Si ese hombre cree que dios es el que le permite estar ahí, qué sentido tiene rebatírselo. Yo doy gracias a la vida a mi manera y quizá está menos alejada de lo que me gustaría creer de la del taxista.

Capa no ha salido a la calle, así que dejo el bolso sobre la mesa, agarro la bolsa de plástico, bajo su cadena y Capa se mete dentro. Nos vamos de paseo. “Uno pequeño Capa, que tengo que hacer muchas cosas”, le digo. A él la explicación le sobra, sólo quiere salir y salir lo antes posible.

Toca vuelta por el Parque Morazán. Hoy el paseo también es armonioso. Capa camina, acelera, frena, huele y corre guiado por un intenso olor a hierba cortada, hierba fresca. El aroma nos acompaña en las dos vueltas y nos despierta aún más el olfato y la mirada. En mitad de esa fragancia, Capa va a lo suyo, olerlo y mearlo todo, y yo a lo mío, que no es nada.

Los árboles que rodean al parque se dibujan, junto al sol, sobre el piso. La luz es bella, el viento se siente tan rico. Otra vez ese hombre ahí. En el mismo sitio. Dormido, quizá dormido y bolo, pero lo que es seguro es que es el mismo de las últimas semanas y que elige el mismo lugar para no estar despierto en vida: justo tres árboles antes de que terminen los árboles, sobre el cemento en el que se apoyan las rejas del parque. Brazos cruzados, cabeza caída, piernas estiradas. Encuentra reposo y Capa no le molesta.

El barrio derrocha rutina. Siempre la misma pero nunca igual. Los parqueaderos limpian carros. La familia de Miguelito conversa. El cobrador/cuidador de los baños del parque nos saluda. Los jardineros a los que ni Capa ni yo debemos caer muy bien recogen hierba. Veo a Kaibil contar dinero, apenas se puede mantener en pie. Chaparro echa agua sobre un carro, se le ve concentrado. Cada uno está en su lugar. El parque proyecta también su propia armonía, no siempre fácil de aceptar.

En casa me pongo a rellenar formularios de trabajo. No le pongo mucha emoción porque siento que ese papel no dice nada de mí. Pero les cuento lo que quieren saber. Me canso pronto. Almuerzo y me pongo a escribir, motivada por la conciencia de este día especial.

Escribo, juego con Capa, escribo, juego, me golpea en la nariz, lloro, me lame, le calmo, escribo. Termino de escribir y me animo a salir de nuevo con Capa. Le digo “calle” y ya no puede parar de saltar. “Ahora daremos el paseo largo”, le anuncio. Al final, resulta que no tengo tanto que hacer.

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Los muertos ya no se van a perder

Eulalia Juan Juan, junto a los restos de su hermano  Sotero.

Nebaj 27 de marzo 2015- Eulalia Juan Juan sabía que para encontrar a sus tres hermanos tenía que buscar en el mundo de los muertos. Ahí fue donde los halló. Treinta y tres años después de su desaparición, Diego, Diego “chiquito” y Sotero regresan a casa. No van solos. Viajaron desde Ciudad de Guatemala junto a  78 campesinos más. Todos, hombres, regresan a las inmediaciones de la finca Estrella Polar, Municipio de San Gaspar Chajul, Quiché, al mismo lugar donde en 1982 el ejército les mandó a llamar, les encerró, les arrancó la vida y encharcó aún de más dolor las vidas de los que les sobrevivieron. El llanto, la lucha y la supervivencia unen el pasado y presente de un país con las heridas abiertas, aunque parezca que no sangran.

Durante cerca de 10 años, los huesos rotos de las víctimas de la masacre de la finca Estrella Polar permanecieron en las instalaciones de la Fundación de Antrolopología Forense de Guatemala (FAFG). Una década consumida en exhumar la fosa que albergó a 96 hombres, en identificar los restos de 81 individuos y encontrar a 21 familias, en conseguir los nichos y en trasladar los huesos secos de justicia a su lugar de descanso final.

“Ahora mis hermanos ya no se van a perder”. Eulalia Juan Juan está triste pero está contenta. Sus ojos negros profundos, cansados de tanto llanto, han comenzado a liberar en estos días el dolor de corazón que le oprimía el pecho. Pelo bello largo azabache, entrenzado, apuntando a la tierra de la que brota el maíz que le sustenta; manos que gritan, expresan y señalan; piel dura, sin pliegues, color tierra y brillante. Doña Eulalia, metro cincuenta, 58 años, 22 hijos, 7 vivos, delgada, inquieta, maya q’anjob’al, está triste pero está contenta.

Es jueves 26 de marzo. Las nubes han despegado rápido de los tejados, pero aún no dejan ver libremente el azul intenso del cielo ixil. Las osamentas de 81 hombres ya están en sus féretros. Y los féretros en el Salón Municipal de Nebaj, a seis serpenteantes horas de Ciudad de Guatemala. Pero en el Salón Municipal no están las familias. No hubo dinero para pagar su transporte. Así que el jueves 26 de marzo, 21 familias seguían esperando a que sus hermanos, padres, abuelos, esposos, tíos llegaran al Rancho Escondido, un caserío donde viven 17 familias, moteadas por caminos y laderas, en casas de tierra, madera y lámina con olor a leña.

Tiempo de huida, tiempo de regreso

Rancho Escondido mira a Estrella Polar. A comienzos de los años 80, en una de las etapas más sangrientas de los 36 años del Conflicto Armado Interno de Guatemala (1960-1996), el área noroccidental del país se fue despoblando: muertos, desplazados, muertos, desplazados. Las víctimas, la población indígena. Algunas de las familias que sobrevivieron al ejército, al conflicto, al frío, al miedo, a la montaña, a la amenaza, al hambre, comenzaron a regresar en los años 90 bajo el ansiado paraguas de los Acuerdos de Paz.

En el año 2000 Estrella Polar dejó de ser finca para convertirse en comunidad. El Fondo Nacional para la Paz (FONAPAZ), eliminado de raíz en enero de 2013 por el actual presidente Otto Pérez Molina, se encargó entonces de adelantar el préstamo para que la población campesina que retornaba pudiera adquirir su tierra.

Julia López vive en Nebaj, tiene 24 años, es enfermera y en 2014 realizó, junto a un grupo de tres estudiantes, un detallado diagnóstico sobre las condiciones de vida de la población de Estrella Polar. La radiografía, que podría ser aplicable a cualquier aldea de Guatemala, ayuda a evidenciar el lento avance en el desarrollo económico y social del área rural indígena.

De las 970 personas que viven en Estrella Polar, el 61% de la población tiene menos de 20 años. El 44% de los hombres y el 56% de las mujeres no saben ni leer ni escribir. De las 162 viviendas contabilizadas, 144 son casas de madera y lámina, 16 de bloque y dos de bajareque (palos entretejidos). No hay agua potable, ni saneamiento, y el agua que consumen está contaminada. Las familias q’anjob’al, ixil y k´iché viven de la exportación de cardamomo, café y plátano, si bien basan su alimentación en frijol y maíz. Niñas madres. Niños y niñas con desnutrición. 18 municipios de Quiché están priorizados en el mega publicitado Pacto Hambre Cero, la comunidad Estrella Polar no es uno de ellos. Julia opina que la gente aquí no pasa hambre, porque muchas familias tienen huerta. Y que no son pobres, porque la mayoría tiene casas de madera. Pareciera que en Guatemala siempre se pudiera estar peor.

Últimas horas de espera

Alrededor de 50 personas esperan en los bordes de la carretera de piedra y polvo. Rostros de espera. Sol de espera. Horas de espera que se suman a los 33 calendarios vencidos. Llega el camión. Ahí van sus seres queridos. Corren tras el vehículo sobrecargado de recuerdos y pasados. Los hombres se organizan para bajar los féretros y colocarlos bajo el techo ardiente de lámina, sobre finos troncos de madera. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31, 32, 33, 34, 35, 36, 37, 38, 39, 40, 41, 42, 43, 44, 45, 46, 47, 48, 49, 50, 51, 52, 53, 54, 55, 56, 57, 58, 59, 60, 61, 62, 63, 64, 65, 66, 67, 68, 69, 70, 71, 72, 73, 74, 75, 76, 77, 78, 79, 80, 81. El ajetreo inhibe, de momento, las muestras íntimas de emoción.

Algunas mujeres, con miradas profundas lejanas y cuerpos menudos presentes, se sientan en tablas de madera a modo de bancos mientras los amplios féretros se disponen juntos Niños. Niñas. Niños y niñas que lo presencian todo. Que juegan, que corren, que se esconden entre los nichos. Un féretro llega quebrado. Los primeros en entrar con sus grandes ojos a la casa estrecha de madera y descubrir a su habitante son los niños. Observan con curiosidad ingenua. Señalan. Se hablan cómplices. Lo ven todo. Lo sienten todo. Sólo son huesos. Huesos que lo son todo. Siguen jugando.

Doña Eulalia vive en Rancho Escondido y es la vecina más cercana al nuevo cementerio, exclusivo para las 65 víctimas que no encontraron aceptación en Estrella Polar. Podría ser su guardiana si quisiera. Es probable que lo sea sin proponérselo, porque la construcción de cemento está apenas a 50 metros de la puerta de su vivienda y bloquea la trayectoria de la mirada hacia el horizonte. Doña Eulalia y su amplia familia de nueras, hija, cuñadas, sobrinas y vecinas se han encargado de organizar el almuerzo para las más de 200 personas presentes.

No falta nadie. Todos están. Los muertos, con más de 30 años de muertos, sentidos como si el pasado se condensara en un día. Las 21 familias, que por fin celebran el reencuentro, que ya tienen a qué velar, con quién hablar y compartir la ausencia de estas décadas. Vecinos y vecinas de otras aldeas próximas, testigos de la masacre, sobrevivientes del conflicto que aún buscan a sus desaparecidos. Quizá puedan estar entre las 61 osamentas registradas como XX.

“Muchas de las familias de las víctimas de la masacre de Estrella Polar se fueron, escaparon a la montaña, no todas sobrevivieron, y quienes regresaron quizá son familiares más lejanos, lo que dificulta la coincidencia del ADN”, señala como hipótesis José Suasnavar, subdirector de FAFG, para explicar el alto número de huesos huérfanos. “Fue muy complejo recuperar los restos, porque fueron enterrados en un nacimiento de agua que constantemente estuvo removiendo el contenido de la fosa”, recuerda Suasnavar.

FAFG estableció la fecha de lo ocurrido el 23 de marzo de 1982, el mismo día del golpe de Estado que depuso al gobierno represor de Romeo Lucas García y subió a la cadena de mando militar al general José Efrain Ríos Montt, quien agudizó sin medida la represión hacia el pueblo ixil. Los asesinados en Estrella Polar no se sumaron a las 1771 maya ixiles masacrados durante el periodo de 17 meses de presidencia de Ríos Montt (marzo de 1982 a agosto de 1983).

Los informes y testimonios recopilados indican que la matanza en Estrella Polar fue selectiva. Todos eran hombres adultos, excepto un niño de 8 años y 7 adolescentes. Los supervivientes de Estrella Polar siempre creyeron que el motivo de la detención se debió al reclamo de los campesinos al patrón del pago del salario. “Eso ocurre en todas las masacres. Los familiares piensan que fue un motivo local, hasta personal, lo que propició las detenciones y las posteriores matanzas”, explica Suasnavar. Pero sus muertos son víctimas del Conflicto Armado. Cuentan que cuando les detuvieron les dijeron que los que fueran guerrilleros levantaran la mano. Nadie la levantó. Igual les mataron. En el velorio, entre abrazos, condolencias, miradas perdidas y vidas robadas, varias eran las personas que aseguraban que los “responsables” seguían libres y que vivían cerca. Pareciera que en Guatemala siempre se puede aguantar un poco más.

Doña Eulalia recuerda el día. Escuchó disparos, bombas, granadas. Los vecinos y vecinas también lo tienen malditamente impregnado. Estaban cerca cuando fueron llamando a sus hombres. Sus hermanos, padres, abuelos, maridos, tíos, no salieron de Estrella Polar. “Ahí se quedaron, yo lo sabía. Mi hermano me dijo “el ejército nos va a soltar, porque no les debemos nada, sólo vamos a oír lo que el ejército nos dice”. Ahí se quedaron, yo lo sabía”, repite Doña Eulalia.

Compromisos huidizos

Pasaron 23 años hasta que pudo materializar la búsqueca. Ella, como el resto de sus vecinos, tuvo que priorizar huir, para sobrevivir y poder regresar, poco a poco. “Pero no todos volvieron. Tenemos contabilizadas a familias de Estrella Polar en 23 comunidades de todo el país. Aún no pueden volver”. Quien habla es Nicolás Coreo Ramírez, líder de la Asociación Campesina para el Desarrollo Integral Nebajense (ASOCDENEB). Coreo lleva más de una década exigiendo al Estado su obligación de resarcir a las víctimas sobrevivientes y ha llevado su demanda hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos. “El Programa Nacional de Resarcimiento (PNR)  no cumple”, reclama.

El PNR apenas cumplió con la construcción de los nichos. Tardó casi tres años y, según Coreo, sobrevaloraron su precio. “Más de Q300.000 en construir 80 nichos, porque el 81 lo tuve que gestionar yo porque ellos decían no tener dinero”, detalla Coreo. La población está enfadada. En Estrella Polar, donde el jueves entregaron 8 féretros, fue necesario mediar para romper el incremento de la tensión entre vecinos y trabajadores del PNR. “Tuve que intervenir y decir a las familias que ellos tan sólo son trabajadores, que los jefes no estaban aquí, porque querían agarrarles y quedarse con el carro hasta que cumplieran con lo que prometieron”, relata Coreo.

“Hacemos todo lo que podemos, y la frustración que sienten las familias también la sentimos nosotros. No podemos hacer más”, lamenta Mariana Baldizón, antropóloga forense del PNR, quien argumenta que los retrasos en la construcción de estos nichos se debe a varios problemas: conflictos comunitarios entre los dueños de las fincas, líderes comunales y las víctimas directas y beneficiarios de las familias, hasta procesos engorrosos administrativos. Entre el aporte que el PNR ofrece en este día de inhumaciones está el acompañamiento psicosocial. Un día. Un día frente a 33 años de dolor punzante del corazón.

“Pobrecitos los del PNR, que dicen que no tiene dinero”, ironiza sin complejos Doña Eulalia. Ella lo tiene claro y habla en voz alta, lo grita. “El gobierno no ha ayudado a ninguna de las familias, a ninguna viuda, nada (…) No tengo vergüenza, tengo valor. No estamos mintiendo. Aquí hay viudas, huérfanos. Hablo mi verdad porque aquí están mis hermanos. (…) El gobierno se está aprovechando de nosotras, pero ya es tiempo de que no nos dejemos (…) No hay que aguantar hambre para ir a votar por esos sinvergüenzas, ladrones. (…)”.

“Si no es por Nicolás, ¿a quién?”, agradece en público Doña Eulalia. A él acudió en 2005. “Yo le dije, he visto en la poza huesos Nicolás. Vi una bota de hule y dentro el hueso. Me quedé parada. Ahí están dije, y fui a buscar a Nicolás”. Doña Eulalia presentó una denuncia a la fiscalía del Ministerio Público para solicitar la exhumación. “Costó que se diera el permiso para la excavación, pero se logró”, resume Coreo. Ese logro inició una cadena de esfuerzos y desgastes que hoy, 26 de marzo, ha permitido tener a sus muertos cerca. Junto a ellos.

El llanto

Cuatro osamentas identificadas, junto a los restos que esperan aún encontrar a sus familiares, se quedan en Rancho Escondido. El restos viaja a las comunidades vecinas de Mirador, Santa Clara, Xaxmoxán, Chel, Ilom, Nebaj, Estrella Poar y Finca la Perla.

Mientras cada familia regresa a casa a velar a sus muertos, Doña Eulalia se queda con sus hermanos, con su cuñada, con su sobrina y con todos los vecinos y familiares que deciden acompañarla. Toda la tarde. Toda la noche.

Cintas de plástico de suaves colores y velas prendidas decoran los féretros, los 65. El ambiente ya es propicio para el llanto libre. Y el llanto explota. Grita. Doña Eulalia grita. Llora.

Le acompañan en el dolor el chirriar de un viejo violín desafinado y una guitarra amiga de los aullidos. En la noche, más música. Y la fe. Que trata de calmar la angustia. Pasa la noche. Llega la madrugada.

27 de marzo. Sobre las 9 de la mañana la colmena de cemento que preside Rancho Escondido ya está llena. Los albañiles detienen la luz y sellan las ventanas de los nichos. Ya van a poder descansar. Todos. Vivos y muertos. Aunque los muertos un poco más.

Doña Eulalia está contenta, porque todos han comido bien, porque la gente regresa a casa, por sus tres hermanos “ya no se van a perder”.

– ¿Y ahora qué Doña Eulalia?

– Yo digo que ya me cansé. Mejor llego hasta aquí no más, dejo la lucha y mejor me duermo. Ahora yo voy a cuidar a mis hermanos hasta que me toque encontrarme con ellos.

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