Vecinas en el recuerdo

He encontrado una carpeta con algunos textos, que soñaban con ser historias pero que se quedaron a medio camino de nada. Leerlos me ha producido sorpresa. Los había olvidado. Entre ellos escribí el inicio de un cuento tejido con pincelas de vida de una vecina de Madrid, de Carabanchel. Isabel. ¿Cómo estarás Isabel? Sin que nadie me lo pidiera, quise imaginar una manera de liberar tu dolor, tu agotamiento, de expulsar la angustia que por momentos, sin querer, me transmitías. Quizá sólo pretendía deshacerme de mi dolor y te usé como excusa. No lo sé. Ahora trato de continuar la historia pero parece que no estoy en el instante preciso.

Madrid. 2009.

Las últimas palabras que nunca dijo

A las 7 de la mañana está en pie. Dos horas antes ya abre los ojos. Cada día los recuerdos y angustias se apoderan de Isabelle para no dejarla dormir. Para no dejarla vivir. O para permitirle vivir a medias.

Hoy no espera a estar en la cama junto a su marido cuando éste le dé la primera orden del día. Ordenes, gritos, gritos desordenados. “Porque está enfermo si no…”, piensa Isabelle, que no es capaz de escupir la amenaza “… porque si no nada, no te engañes”, se reprocha a sí misma.

Se levanta, se lava la cara y ni se mira al espejo. “¿Cuánto tiempo hace que no me veo? ¿Me reconoceré?”, piensa con temor, desconfía de su propia reacción. Pospone mirarse a los ojos para otra ocasión.

Reina el silencio en su casa. Por la escalera del viejo edificio se escuchan pasos, giros de llave y cerrar de puertas. El barrio parece empezar a despertar mientras ella dormita consciente un día más. Ya no lleva la cuenta. Creyó empezar a vivir cuando salió del pueblo y llegó a Madrid. “Me equivoqué”, asume. Se casó en la gran ciudad, la ciudad en la que muere cada día.

Antes creía hacerlo en compañía de mucha gente más, pero ahora hasta en eso se siente sola. Más aún desde que murió su vecina María, con quien distraía el día en charlas y cotilleos, en quejas repetidas y desconsuelos latentes. Isabelle ya no identifica a su generación, esa que está llegando a su fin. La que vivió lo que le tocó vivir, sin poder cuestionarse nada. “Pase lo que pase todo queda de puertas para dentro y a seguir”, había escuchado siempre decir a su madre.

En la casa en la que vive desde hace cincuenta años ya no cabe nada más, ni más dolor, ni más recuerdos ni más soledad. Los días de aire Isabelle abre puertas y ventanas para pedir al viento que se lleve algo. Por lo bajito para que no le oiga su marido, Aún no ha notado liberación alguna, pero no cesa en su empeño de conseguirlo. “Total, no es tan malo hablar sola”, se convence.

Llaman a la puerta. “¡Qué extraño!”, se dice mientras mira el reloj. Son las ocho menos dos minutos. “¡Qué extraño!”, vuelve a pensar, esta vez con cierta melancolía. “A esta hora siempre llamaba María para darme los buenos días”, recuerda. Camina despacio, al paso que sus pies le dejan, pero con el corazón latiendo rápido. “Vaya, qué tontería, si estoy nerviosa”, se dice. Abre la puerta.

  • Buenos días Isabelle
  • Buenos días hija, ¿todo bien?

Es la vecina de enfrente. Lleva un año compartiendo rellano y apenas ha hablado un par de veces con ella.

  • No tienes buena cara hija.
  • Disculpe que la llame tan temprano, pero no me siento bien.

Continuará…

 

 

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Una respuesta a Vecinas en el recuerdo

  1. Sandra dijo:

    Queremos massssss!!!!!!!

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