Los muertos ya no se van a perder

Eulalia Juan Juan, junto a los restos de su hermano  Sotero.

Nebaj 27 de marzo 2015- Eulalia Juan Juan sabía que para encontrar a sus tres hermanos tenía que buscar en el mundo de los muertos. Ahí fue donde los halló. Treinta y tres años después de su desaparición, Diego, Diego “chiquito” y Sotero regresan a casa. No van solos. Viajaron desde Ciudad de Guatemala junto a  78 campesinos más. Todos, hombres, regresan a las inmediaciones de la finca Estrella Polar, Municipio de San Gaspar Chajul, Quiché, al mismo lugar donde en 1982 el ejército les mandó a llamar, les encerró, les arrancó la vida y encharcó aún de más dolor las vidas de los que les sobrevivieron. El llanto, la lucha y la supervivencia unen el pasado y presente de un país con las heridas abiertas, aunque parezca que no sangran.

Durante cerca de 10 años, los huesos rotos de las víctimas de la masacre de la finca Estrella Polar permanecieron en las instalaciones de la Fundación de Antrolopología Forense de Guatemala (FAFG). Una década consumida en exhumar la fosa que albergó a 96 hombres, en identificar los restos de 81 individuos y encontrar a 21 familias, en conseguir los nichos y en trasladar los huesos secos de justicia a su lugar de descanso final.

“Ahora mis hermanos ya no se van a perder”. Eulalia Juan Juan está triste pero está contenta. Sus ojos negros profundos, cansados de tanto llanto, han comenzado a liberar en estos días el dolor de corazón que le oprimía el pecho. Pelo bello largo azabache, entrenzado, apuntando a la tierra de la que brota el maíz que le sustenta; manos que gritan, expresan y señalan; piel dura, sin pliegues, color tierra y brillante. Doña Eulalia, metro cincuenta, 58 años, 22 hijos, 7 vivos, delgada, inquieta, maya q’anjob’al, está triste pero está contenta.

Es jueves 26 de marzo. Las nubes han despegado rápido de los tejados, pero aún no dejan ver libremente el azul intenso del cielo ixil. Las osamentas de 81 hombres ya están en sus féretros. Y los féretros en el Salón Municipal de Nebaj, a seis serpenteantes horas de Ciudad de Guatemala. Pero en el Salón Municipal no están las familias. No hubo dinero para pagar su transporte. Así que el jueves 26 de marzo, 21 familias seguían esperando a que sus hermanos, padres, abuelos, esposos, tíos llegaran al Rancho Escondido, un caserío donde viven 17 familias, moteadas por caminos y laderas, en casas de tierra, madera y lámina con olor a leña.

Tiempo de huida, tiempo de regreso

Rancho Escondido mira a Estrella Polar. A comienzos de los años 80, en una de las etapas más sangrientas de los 36 años del Conflicto Armado Interno de Guatemala (1960-1996), el área noroccidental del país se fue despoblando: muertos, desplazados, muertos, desplazados. Las víctimas, la población indígena. Algunas de las familias que sobrevivieron al ejército, al conflicto, al frío, al miedo, a la montaña, a la amenaza, al hambre, comenzaron a regresar en los años 90 bajo el ansiado paraguas de los Acuerdos de Paz.

En el año 2000 Estrella Polar dejó de ser finca para convertirse en comunidad. El Fondo Nacional para la Paz (FONAPAZ), eliminado de raíz en enero de 2013 por el actual presidente Otto Pérez Molina, se encargó entonces de adelantar el préstamo para que la población campesina que retornaba pudiera adquirir su tierra.

Julia López vive en Nebaj, tiene 24 años, es enfermera y en 2014 realizó, junto a un grupo de tres estudiantes, un detallado diagnóstico sobre las condiciones de vida de la población de Estrella Polar. La radiografía, que podría ser aplicable a cualquier aldea de Guatemala, ayuda a evidenciar el lento avance en el desarrollo económico y social del área rural indígena.

De las 970 personas que viven en Estrella Polar, el 61% de la población tiene menos de 20 años. El 44% de los hombres y el 56% de las mujeres no saben ni leer ni escribir. De las 162 viviendas contabilizadas, 144 son casas de madera y lámina, 16 de bloque y dos de bajareque (palos entretejidos). No hay agua potable, ni saneamiento, y el agua que consumen está contaminada. Las familias q’anjob’al, ixil y k´iché viven de la exportación de cardamomo, café y plátano, si bien basan su alimentación en frijol y maíz. Niñas madres. Niños y niñas con desnutrición. 18 municipios de Quiché están priorizados en el mega publicitado Pacto Hambre Cero, la comunidad Estrella Polar no es uno de ellos. Julia opina que la gente aquí no pasa hambre, porque muchas familias tienen huerta. Y que no son pobres, porque la mayoría tiene casas de madera. Pareciera que en Guatemala siempre se pudiera estar peor.

Últimas horas de espera

Alrededor de 50 personas esperan en los bordes de la carretera de piedra y polvo. Rostros de espera. Sol de espera. Horas de espera que se suman a los 33 calendarios vencidos. Llega el camión. Ahí van sus seres queridos. Corren tras el vehículo sobrecargado de recuerdos y pasados. Los hombres se organizan para bajar los féretros y colocarlos bajo el techo ardiente de lámina, sobre finos troncos de madera. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31, 32, 33, 34, 35, 36, 37, 38, 39, 40, 41, 42, 43, 44, 45, 46, 47, 48, 49, 50, 51, 52, 53, 54, 55, 56, 57, 58, 59, 60, 61, 62, 63, 64, 65, 66, 67, 68, 69, 70, 71, 72, 73, 74, 75, 76, 77, 78, 79, 80, 81. El ajetreo inhibe, de momento, las muestras íntimas de emoción.

Algunas mujeres, con miradas profundas lejanas y cuerpos menudos presentes, se sientan en tablas de madera a modo de bancos mientras los amplios féretros se disponen juntos Niños. Niñas. Niños y niñas que lo presencian todo. Que juegan, que corren, que se esconden entre los nichos. Un féretro llega quebrado. Los primeros en entrar con sus grandes ojos a la casa estrecha de madera y descubrir a su habitante son los niños. Observan con curiosidad ingenua. Señalan. Se hablan cómplices. Lo ven todo. Lo sienten todo. Sólo son huesos. Huesos que lo son todo. Siguen jugando.

Doña Eulalia vive en Rancho Escondido y es la vecina más cercana al nuevo cementerio, exclusivo para las 65 víctimas que no encontraron aceptación en Estrella Polar. Podría ser su guardiana si quisiera. Es probable que lo sea sin proponérselo, porque la construcción de cemento está apenas a 50 metros de la puerta de su vivienda y bloquea la trayectoria de la mirada hacia el horizonte. Doña Eulalia y su amplia familia de nueras, hija, cuñadas, sobrinas y vecinas se han encargado de organizar el almuerzo para las más de 200 personas presentes.

No falta nadie. Todos están. Los muertos, con más de 30 años de muertos, sentidos como si el pasado se condensara en un día. Las 21 familias, que por fin celebran el reencuentro, que ya tienen a qué velar, con quién hablar y compartir la ausencia de estas décadas. Vecinos y vecinas de otras aldeas próximas, testigos de la masacre, sobrevivientes del conflicto que aún buscan a sus desaparecidos. Quizá puedan estar entre las 61 osamentas registradas como XX.

“Muchas de las familias de las víctimas de la masacre de Estrella Polar se fueron, escaparon a la montaña, no todas sobrevivieron, y quienes regresaron quizá son familiares más lejanos, lo que dificulta la coincidencia del ADN”, señala como hipótesis José Suasnavar, subdirector de FAFG, para explicar el alto número de huesos huérfanos. “Fue muy complejo recuperar los restos, porque fueron enterrados en un nacimiento de agua que constantemente estuvo removiendo el contenido de la fosa”, recuerda Suasnavar.

FAFG estableció la fecha de lo ocurrido el 23 de marzo de 1982, el mismo día del golpe de Estado que depuso al gobierno represor de Romeo Lucas García y subió a la cadena de mando militar al general José Efrain Ríos Montt, quien agudizó sin medida la represión hacia el pueblo ixil. Los asesinados en Estrella Polar no se sumaron a las 1771 maya ixiles masacrados durante el periodo de 17 meses de presidencia de Ríos Montt (marzo de 1982 a agosto de 1983).

Los informes y testimonios recopilados indican que la matanza en Estrella Polar fue selectiva. Todos eran hombres adultos, excepto un niño de 8 años y 7 adolescentes. Los supervivientes de Estrella Polar siempre creyeron que el motivo de la detención se debió al reclamo de los campesinos al patrón del pago del salario. “Eso ocurre en todas las masacres. Los familiares piensan que fue un motivo local, hasta personal, lo que propició las detenciones y las posteriores matanzas”, explica Suasnavar. Pero sus muertos son víctimas del Conflicto Armado. Cuentan que cuando les detuvieron les dijeron que los que fueran guerrilleros levantaran la mano. Nadie la levantó. Igual les mataron. En el velorio, entre abrazos, condolencias, miradas perdidas y vidas robadas, varias eran las personas que aseguraban que los “responsables” seguían libres y que vivían cerca. Pareciera que en Guatemala siempre se puede aguantar un poco más.

Doña Eulalia recuerda el día. Escuchó disparos, bombas, granadas. Los vecinos y vecinas también lo tienen malditamente impregnado. Estaban cerca cuando fueron llamando a sus hombres. Sus hermanos, padres, abuelos, maridos, tíos, no salieron de Estrella Polar. “Ahí se quedaron, yo lo sabía. Mi hermano me dijo “el ejército nos va a soltar, porque no les debemos nada, sólo vamos a oír lo que el ejército nos dice”. Ahí se quedaron, yo lo sabía”, repite Doña Eulalia.

Compromisos huidizos

Pasaron 23 años hasta que pudo materializar la búsqueca. Ella, como el resto de sus vecinos, tuvo que priorizar huir, para sobrevivir y poder regresar, poco a poco. “Pero no todos volvieron. Tenemos contabilizadas a familias de Estrella Polar en 23 comunidades de todo el país. Aún no pueden volver”. Quien habla es Nicolás Coreo Ramírez, líder de la Asociación Campesina para el Desarrollo Integral Nebajense (ASOCDENEB). Coreo lleva más de una década exigiendo al Estado su obligación de resarcir a las víctimas sobrevivientes y ha llevado su demanda hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos. “El Programa Nacional de Resarcimiento (PNR)  no cumple”, reclama.

El PNR apenas cumplió con la construcción de los nichos. Tardó casi tres años y, según Coreo, sobrevaloraron su precio. “Más de Q300.000 en construir 80 nichos, porque el 81 lo tuve que gestionar yo porque ellos decían no tener dinero”, detalla Coreo. La población está enfadada. En Estrella Polar, donde el jueves entregaron 8 féretros, fue necesario mediar para romper el incremento de la tensión entre vecinos y trabajadores del PNR. “Tuve que intervenir y decir a las familias que ellos tan sólo son trabajadores, que los jefes no estaban aquí, porque querían agarrarles y quedarse con el carro hasta que cumplieran con lo que prometieron”, relata Coreo.

“Hacemos todo lo que podemos, y la frustración que sienten las familias también la sentimos nosotros. No podemos hacer más”, lamenta Mariana Baldizón, antropóloga forense del PNR, quien argumenta que los retrasos en la construcción de estos nichos se debe a varios problemas: conflictos comunitarios entre los dueños de las fincas, líderes comunales y las víctimas directas y beneficiarios de las familias, hasta procesos engorrosos administrativos. Entre el aporte que el PNR ofrece en este día de inhumaciones está el acompañamiento psicosocial. Un día. Un día frente a 33 años de dolor punzante del corazón.

“Pobrecitos los del PNR, que dicen que no tiene dinero”, ironiza sin complejos Doña Eulalia. Ella lo tiene claro y habla en voz alta, lo grita. “El gobierno no ha ayudado a ninguna de las familias, a ninguna viuda, nada (…) No tengo vergüenza, tengo valor. No estamos mintiendo. Aquí hay viudas, huérfanos. Hablo mi verdad porque aquí están mis hermanos. (…) El gobierno se está aprovechando de nosotras, pero ya es tiempo de que no nos dejemos (…) No hay que aguantar hambre para ir a votar por esos sinvergüenzas, ladrones. (…)”.

“Si no es por Nicolás, ¿a quién?”, agradece en público Doña Eulalia. A él acudió en 2005. “Yo le dije, he visto en la poza huesos Nicolás. Vi una bota de hule y dentro el hueso. Me quedé parada. Ahí están dije, y fui a buscar a Nicolás”. Doña Eulalia presentó una denuncia a la fiscalía del Ministerio Público para solicitar la exhumación. “Costó que se diera el permiso para la excavación, pero se logró”, resume Coreo. Ese logro inició una cadena de esfuerzos y desgastes que hoy, 26 de marzo, ha permitido tener a sus muertos cerca. Junto a ellos.

El llanto

Cuatro osamentas identificadas, junto a los restos que esperan aún encontrar a sus familiares, se quedan en Rancho Escondido. El restos viaja a las comunidades vecinas de Mirador, Santa Clara, Xaxmoxán, Chel, Ilom, Nebaj, Estrella Poar y Finca la Perla.

Mientras cada familia regresa a casa a velar a sus muertos, Doña Eulalia se queda con sus hermanos, con su cuñada, con su sobrina y con todos los vecinos y familiares que deciden acompañarla. Toda la tarde. Toda la noche.

Cintas de plástico de suaves colores y velas prendidas decoran los féretros, los 65. El ambiente ya es propicio para el llanto libre. Y el llanto explota. Grita. Doña Eulalia grita. Llora.

Le acompañan en el dolor el chirriar de un viejo violín desafinado y una guitarra amiga de los aullidos. En la noche, más música. Y la fe. Que trata de calmar la angustia. Pasa la noche. Llega la madrugada.

27 de marzo. Sobre las 9 de la mañana la colmena de cemento que preside Rancho Escondido ya está llena. Los albañiles detienen la luz y sellan las ventanas de los nichos. Ya van a poder descansar. Todos. Vivos y muertos. Aunque los muertos un poco más.

Doña Eulalia está contenta, porque todos han comido bien, porque la gente regresa a casa, por sus tres hermanos “ya no se van a perder”.

– ¿Y ahora qué Doña Eulalia?

– Yo digo que ya me cansé. Mejor llego hasta aquí no más, dejo la lucha y mejor me duermo. Ahora yo voy a cuidar a mis hermanos hasta que me toque encontrarme con ellos.

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