Un día especial, como otro cualquiera

Un día de junio de 2015 – Desde que Luis abrió la ventana y vi desde la cama el cielo azul, sentí que hoy iba a ser especial. ¿Qué es especial? Hoy. El día. Los instantes. La toma de conciencia de estos instantes que forman el hoy. Lo mejor, que hoy no es distinto a los “hoys” de ayer, pero por alguna extraña y bienvenida mutación en la mirada de mis sentidos, todo lo percibo especial. Me reconforto en el largo y cálido abrazo de Luis, que estira el sueño unos minutos más. Capa sube y se une al rompecabezas que forman nuestros cuerpos. Baile antes de desayunar, música en el desayuno, besos de “que tengas el mejor de todos los días”.

En la moto que Luis guía la mañana se ve aún más hermosa. Y el barrio también. Hay tráfico pero pareciera que todo va más despacio. Lo saboreo. En la esquina de la séptima avenida con la cuarta calle no está Manuel, el vendedor de flores. Hay otros niños, pero no son Manuel. Una niña repasa y gesticula su tarea desde su puesto de venta de chucherías.

En la calle, el movimiento parece coordinado, ensayado. Son las mismas paredes, el mismo asfalto desgastado y agujereado, probablemente las mismas personas cumpliendo sus rutinas. A la velocidad del viento que me lleva la moto observo que todo es armónico.

Hablo con Jansel, me cuenta que el lunes le asaltaron, con arma, cerca de casa, donde vivía Conié. Veo la escena conforme la narra. Se me eriza la piel. Jansel está bien.

En el banco no reconocen mi firma. Yo tampoco. Me piden repetirla. Lo hago aunque sigo sin saber cómo. Me dicen que no parece la misma. “Yo tampoco soy la misma”, me dan ganas de decirle, pero me como las ganas y pongo cara de “ustedes dirán”. La aceptan. Vuelvo sobre el pensamiento, “no soy la misma” y sonrío.

Regreso en taxi porque llevo dinero. Hago la pregunta de siempre “¿Cómo le va el día?”. “A dios gracias bien, que nos ha permitido levantarnos hoy y estar aquí”, me dice. Hace unos meses, quizá un año, esta expresión me hubiera arrancado un discurso no solicitado pero envalentonado. Ya no. Si ese hombre cree que dios es el que le permite estar ahí, qué sentido tiene rebatírselo. Yo doy gracias a la vida a mi manera y quizá está menos alejada de lo que me gustaría creer de la del taxista.

Capa no ha salido a la calle, así que dejo el bolso sobre la mesa, agarro la bolsa de plástico, bajo su cadena y Capa se mete dentro. Nos vamos de paseo. “Uno pequeño Capa, que tengo que hacer muchas cosas”, le digo. A él la explicación le sobra, sólo quiere salir y salir lo antes posible.

Toca vuelta por el Parque Morazán. Hoy el paseo también es armonioso. Capa camina, acelera, frena, huele y corre guiado por un intenso olor a hierba cortada, hierba fresca. El aroma nos acompaña en las dos vueltas y nos despierta aún más el olfato y la mirada. En mitad de esa fragancia, Capa va a lo suyo, olerlo y mearlo todo, y yo a lo mío, que no es nada.

Los árboles que rodean al parque se dibujan, junto al sol, sobre el piso. La luz es bella, el viento se siente tan rico. Otra vez ese hombre ahí. En el mismo sitio. Dormido, quizá dormido y bolo, pero lo que es seguro es que es el mismo de las últimas semanas y que elige el mismo lugar para no estar despierto en vida: justo tres árboles antes de que terminen los árboles, sobre el cemento en el que se apoyan las rejas del parque. Brazos cruzados, cabeza caída, piernas estiradas. Encuentra reposo y Capa no le molesta.

El barrio derrocha rutina. Siempre la misma pero nunca igual. Los parqueaderos limpian carros. La familia de Miguelito conversa. El cobrador/cuidador de los baños del parque nos saluda. Los jardineros a los que ni Capa ni yo debemos caer muy bien recogen hierba. Veo a Kaibil contar dinero, apenas se puede mantener en pie. Chaparro echa agua sobre un carro, se le ve concentrado. Cada uno está en su lugar. El parque proyecta también su propia armonía, no siempre fácil de aceptar.

En casa me pongo a rellenar formularios de trabajo. No le pongo mucha emoción porque siento que ese papel no dice nada de mí. Pero les cuento lo que quieren saber. Me canso pronto. Almuerzo y me pongo a escribir, motivada por la conciencia de este día especial.

Escribo, juego con Capa, escribo, juego, me golpea en la nariz, lloro, me lame, le calmo, escribo. Termino de escribir y me animo a salir de nuevo con Capa. Le digo “calle” y ya no puede parar de saltar. “Ahora daremos el paseo largo”, le anuncio. Al final, resulta que no tengo tanto que hacer.

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