Su abrazo, lo único real que tienen

Se apaga el día en Sahagún

Juana vive en su recuerdo desordenado. Manoli se pierde en su menudez.

Vivir. Perderse.

Ojos cristalinos, casi transparentes. Fragilidad que aún las yergue.

Les gustaría llorar. Se les olvida llorar. Ya no quieren llorar.

Se abrazan.

Sienten a medias que están vivas, porque sentir al 100% las enloquecería.

Ellas, firmes, fuertes. Ellas, bellas siempre. Ellas, princesas de ninguna época.

——–

El domingo 23 de agosto fui a visitar a la yaya Juana a la residencia de las monjas de Sahagún, León. Lloré al mismo tiempo que reí al verla. La yaya se ha quedado enganchada en sus obsesiones de toda la vida. Mi padre le sabe llevar la corriente y conversa con ella respetando su ruta no trazada.

Igual te pregunta cinco veces quién eres que se acuerda del hermano de su padre. Te invita a comer para mañana y se justifica que hoy no ha podido por las obras de la casa. Dice una cuidadora que ayer quitó un reposa pies a la silla de ruedas y que lo quería echar a la cazuela. Con su pañuelo limpia la mesa con profesionalidad. Quiere tener dinero en el bolsillo y compara la vida al punto en que ganaba 43 pesetas.

Ella, al menos, lanza sus desordenados recuerdos. Manoli, su hermana, se los queda todos dentro.

Pienso si eso es vivir. Pienso en cómo vivir.

Hace apenas un año, en la visita que hice a España, tomé conciencia de la brevedad de la vida. Todo lo provocó una foto, una imagen en blanco y negro que apenas luce en la sala de la casa de la tía Casilda, en Grajal de Campos. Me detuve frente a ella y en la imagen familiar identifiqué a mi abuelo, joven, delgado, sin la boina que para mí siempre lo caracterizó, junto a sus hermanos y con las caras agregadas de sus padres, mis bisabuelos. Me detuve y el tiempo conmigo.

Cuando reaccioné, de repente vi el inicio de mi línea de vida y fui capaz de establecer en el horizonte un punto final. Hasta ese momento, hasta ese septiembre de 2014 frente a ese árbol gris de dos generaciones, sólo miraba con proyección de presente porque no sabía que podía haber otra manera de mirar.

Para mi sorpresa, las consecuencias de aquel despertar se han traducido en un vivir aún más consciente. Llegué a pensar que quizá a eso se le podría llamar “madurez”, pero hablando con la cuadrilla de la Uni ya lo descarté. Aún no nos ha llegado el momento.

En cualquier caso, si alguien perdió con aquella revelación fue el Peter Pan que Natalia quiso ver en mí. Ella cree con seguridad que aquí sigue, aferrándose y dispuesto a no abandonarme.

Para no fallar a Natalia, me he propuesto alimentar a este Peter Pan bienvenido y, de paso, volver a enseñarle a volar para que viaje a Sahagún y mantenga el abrazo huérfano de recuerdos con el que Juana y Manoli se despiden cada día.

Un abrazo que se convierte en lo único real que tienen.

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