Tierra que devora

Ayer viernes una pared de llanto enterró en tierra a cientos de personas.

Cientos de personas.

El jueves estaban vivas bajo la sombra cotidiana de la muerte, en Guate siempre presente.

En casa. En la propia tumba.

Por momentos pienso que eso es Guatemala, una gran tumba.

A veces creemos bailar sobre ella. Otras quizá estamos dentro con la tapa abierta.

Ciudad de Guatemala 03/10/2015- Cuando apenas había salido del otro lado del charco, el del mundo desarrollado en limitantes, siempre me preguntaba cómo podría el ser humano adaptarse a vivir en la pérdida, en el dolor, en la muerte. Esa pregunta la respondió una directora de teatro que llevaba a las Jornadas de Eibar una obra sobre las secuelas de las guerras. “La capacidad de adaptación del ser humano para sobrevivir es ilimitada”, recuerdo que me respondió.

Ilimitada.

Ayer Luis y yo nos despertamos con la noticia del deslizamiento de tierra en Santa Catarina Pinula. No me sobrecogió, primero porque ya tenía el alma cálida en tristezas y, segundo, porque hasta cierto punto se ha convertido en habitual que en estas épocas de lluvia ocurran deslaves. Luis estuvo pendiente, muy pendiente. Yo comenzaba otro nuevo día. Ahora sé que esa primera respuesta de “todo sigue igual” ya es signo de una adaptación indeseable. Tan indeseable como justificada, pero aún no ilimitada.

Según transcurría el día el alcance de la noticia iba aumentando. “Seguro que no es tanto”, me decía, “cómo van a ser tantas víctimas por un deslizamiento de tierra”, quería convencerme. Y así asumí que tenía que dormirme, aunque no pude.

Hasta que esta mañana vi las imágenes aéreas no entendí lo que había ocurrido. Ahí volví a tocar tierra, una tierra sin firmeza que devora, bajo la que siguen viviendo cientos de miles de personas en Guatemala, bajo la que construyen sus casas, sus familias, sus proyectos, sus anhelos, sus tumbas.

Ahora estoy desubicada. No quiero poner los pies en el suelo. Los subo sobre la silla como si bajo ellos corriera un pequeño río, no arrastra pero me incomoda. Con el cuerpo encogido sigo el drama y lloro.

Luis llama, ya viene de regreso, ya es noche y comienza a caer una fina tela de lluvia. De fondo se escuchan unas campanadas arrítmicas, roncas, perdidas, fuera de lugar. No puedo evitar identificarme con ellas.

Noticias #CambrayII:

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El dolor de los que no están bajo la tierra 

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