Abrir los sentidos, atender al alma, traspasar emociones

Un pato flotaba en el lago Atitlán, un lago de orillas privadas, volcanes inspiradores y culturas en conversación. El pato -pequeño, negro, juguetón-, se mecía con las olas pequeñas que el viento le llevaba. Algunas no eran tan pequeñas, y el pato aparentaba seguir en calma, en sintonía con el oleaje de pequeñas dimensiones.

Además de una capacidad innata a su especie, sentí que esa actitud era la actitud. Y me he propuesto aplicarla.

Me encuentro en un momento donde las olas -pequeñas olas del lago- me suben y bajan y me ponen del revés. A veces las trae el viento, a otras las voy a buscar, otras sobrevienen por una cadena de fenómenos más o menos naturales. Sea por el motivo que acontezca, el caso es que aquí están, siempre están.

Al contrario que el pato, no me dejo mecer por ellas. Las niego, hago como si no estuvieran o como si no las viera venir. Las minimizo, asumo que no es para tanto y me reprimo sentir. Me olvido que estoy en el agua.

No son olas grandes, pero igual me estoy ahogando, y por momentos me dan ganas de hundirme. Otras, creo que tengo que demostrar a estas crestas de vida que puedo con ellas y que estoy lista para el ring.

Cuando apenas me queda energía, siento que sólo puedo dejarme subir y dejarme bajar, sentir cada ascenso y cada descenso, abrir los sentidos, atender al alma, traspasar emociones y asumir que esa, esta, es la vida.

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